Ningún escritor es una isla

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Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.

Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.

—John Donne, “Meditación XVII”

A menudo, cuando uno piensa en el escritor como profesional, se le viene a la cabeza la imagen del genio recluso que se pierde entre columnas de libros para protegerse de las banalidades del mundo terrenal. Nos sentimos tentados a pensar que escritores desconfiados de la vida pública y los medios de comunicación, como J.D. Salinger o Thomas Pynchon, son la norma, o que el aristocratismo rampante de Lovecraft es imprescindible para poder tejer historias.

A fin de cuentas, ¿quién puede negar que William Blake es uno de los autores con más talento y visión de las letras? El prestigioso autor del romanticismo inglés no solo escribió obras tan influyentes como Canciones de inocencia y experiencia o El matrimonio del cielo e infierno, sino que también las ilustró él mismo siguiendo un complejo sistema de grabados que le exigió entrenarse, entre otras muchas cosas, en escribir y dibujar del revés. Blake, que gracias a su dominio de estas técnicas de imprenta podría haber hecho una fortuna con su profesión, eligió la pobreza y la oscuridad con tal de poder expresar su visión artística.

Pero, ¿es esta forma de vida posible en nuestros días?

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