La distopía evidente

Es un cliché absolutamente manido aquello de que “la realidad supera a la ficción”. Y es en parte manido porque, desgraciadamente en muchas ocasiones, no deja de ser cierto. Digo desgraciadamente porque con mucha frecuencia la literatura y en general las artes creativas que intentan contar algo tienden más a la dificultad, a la pesadumbre y al sufrimiento, por mucho que sus protagonistas logren más adelante alzarse victoriosos. También hay que destacar que el autor suele describir lo que ha vivido o espera vivir, e incluso las más fantasiosas obras de la ciencia-ficción se inspiran, con frecuencia, en lo que ya hemos conocido. Nada nuevo, y como dice aquel, ya está todo inventado.

Dentro de esta tendencia al sufrimiento, el género de la distopía es el caballo ganador. La buena distopía despierta al mismo tiempo una profunda fascinación en un mundo que se nos descubre y que nuestro sistema de valores identifica rápidamente como indeseable, un alivio profundo por no vivir en él (por mucho que las comparaciones sean odiosas) y un temor subyacente a no acabar precisamente en ese mundo o uno muy similar. La mejor distopía, en la humilde opinión de quien les escribe, es la que se aleja lo suficiente de nuestro punto histórico, pero mantiene los lazos y una cierta relación de causalidad. Es un pariente, la oveja negra de nuestra familia, pero estamos emparentados, después de todo. Se aleja, pero no mucho. Sutil, real y posible, en contraposición con esa otra distopía que se empeña y dedica tantos esfuerzos en demostarle a usted, lector, que lo es, que es un mundo miserable y difícil, frente al que nuestros héroes tienen que resistir muy heroicamente en dura pugna contra una autoridad tiránica que les impone vivir en categorías sociales extremadamente marcadas y simplificadas, barrios especializados, signos del zodiaco o vaya usted a saber, porque no hay nada más heroico que romper lo establecido, tenga o no mucha lógica.

En la mejor distopía, por cierto, creo que tampoco existen los héroes, porque no pueden existir.

Y no deja de resultar interesante, en cierto modo, que algunos clásicos distópicos sobradamente conocidos por todos fueran, de una forma u otra, una llamada de atención del autor en cuestión sobre temas tan variopintos como la deshumanización, la tecnofobia o el ascenso del totalitarismo auspiciado por masas de moral fofa. ¿Cuántas veces ha escuchado usted, lector o lectora, que Orwell o Huxley fueron unos visionarios (Probablemente menos de Zamiatin, eterno tapado)? ¿Cuántas veces habrá pensado usted que lo que describe la guía de referencia para el pesimismo a futuro, 1984, se ha ido cumpliendo palabra por palabra? Y, no obstante, para estos autores lo que hoy podemos considerar como augurios siniestros pero acertadísimos ya se estaban cumpliendo sobradamente, y es posible que nunca se fueran y que siempre estuvieran ahí, sólo que ahora aflora más el descaro. Sí, es cierto, otra vez. Está todo hecho.

Entre unas cosas y otras, no estamos viviendo la mejor de las épocas. No diría que la peor, porque de oídas me ha llegado que antes de mí también se pasó mal, pero ocasionalmente existe la tentación de pensar que nos encontramos ante el clásico punto de ruptura en el que una distopía echa a andar, ese momento en el que se puede determinar claramente que algo marcó la diferencia, que los tiempos cambiaron y que definitivamente se perdieron en una deriva indeseable, característica de toda obra distópica que se precie. Pienso todo esto mirando, por enésima vez, las imágenes del Capitolio de los Estados Unidos, cuya fachada se oculta entre el humo, las banderas y las bengalas. Como aquellas ametralladoras que dispararon contra manifestantes frente a museos y bibliotecas en Un mundo feliz, poniendo las bases del nuevo orden sin escrúpulos ni moral, esas instantáneas parecen inspirar un temor sibilino, el de la convicción de que, no sabemos muy bien cómo, el mundo ya ha cambiado, y la historia ya nos ha pasado por encima y nos ha hecho personajes a la fuerza.

No dejo de tener la incómoda sensación de que la distopía, como la he leído de mis queridos autores, es cada vez más evidente, y cada vez menos literaria. Que ya no es necesario un gran despliegue imaginativo para reflejar lo obvio. También pienso, y aquí quizá esté la nota positiva, en qué se sacará en limpio de todo este desastre, cuántos autores y autoras se inspirarán en un asalto tan de poner los pelos de punta al que se suponía el templo de la democracia mundial, cuantos regímenes totalitarios de la literatura tendrán como punto de inicio una turba colérica contra un enemigo irreal. Ya hemos hablado alguna vez de que lo peor también puede sacar lo mejor, creativamente hablando. No es mal consuelo para esta época.

La cosecha de distopía es abundante en los últimos años. Veremos qué frutos da, cuando todo escampe y se pueda escribir y leer en paz.

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