Tolkien ha hecho mucho daño

J.R.R. Tolkien El señor de los anillos El Silmarillion

Cualquier lector que disfrute del género de la fantasía tendrá en un pedestal al bueno de J.R.R. Tolkien, y seguramente lo considerará uno de los mejores escritores que jamás ha existido. Es difícil negar su estatus como máximo exponente de la fantasía épica, pues sus obras han tenido tal aceptación que han calado en la cultura popular incluso más allá de los círculos centrados en la literatura especulativa. Nosotros mismos lo adoramos, y hemos escrito a menudo sobre su obra. Y es que casi todos hemos visto, por lo menos, las películas de El señor de los anillos dirigidas por Peter Jackson, y hacer referencias a los hobbits o al anillo único se ha vuelto tan común como hacerlas de los Simpsons. Pero es precisamente por toda esta influencia que Tolkien ha hecho mucho daños a los escritores que han venido después de él.

Y es que la existencia de un gigante como Tolkien, referente absoluto en su propio campo, supone un problema terrible para aquellos fans que, además de lectores acérrimos de su obra, también quieren ser escritores. Su influencia nos puede estar poniendo muchas trabas a la hora de sacar nuestras obras adelante o incluso hacerlas publicables. “¿Cómo es posible,” preguntarás, “si goza de tanta popularidad y todo el mundo lo adora?”.

Eso es lo que vamos a ver en esta entrada.

Su estilo ha quedado anticuado

Y no lo digo con mala intención. Recientemente he estado releyendo El Silmarillion, y, aunque lo he disfrutado como un crío, hay un pensamiento que no me puedo quitar de la cabeza: hoy en día habría sido imposible que publicaran este libro. ¿Por qué? Por una parte, porque realmente no estaba terminado ni preparado para publicarse como una obra autocontenida; se trataba de apuntes que el autor iba tomando y a los que iba dando forma con el paso de los años, lo que hace que se note una gran diferencia entre unos segmentos y otros.

Pero, además, hay una brecha generacional insalvable entre los coetáneos de Tolkien y los millenials y zoomers de nuestros tiempos. Y es que nos hemos acostumbrado a un estilo más rápido e inmediato en todo gracias a (o por culpa de) las redes sociales, donde nos vemos obligados a comprimir los textos lo máximo posible para poder competir con los demás en nuestra lucha por acaparar la atención de nuestros seguidores. Queremos que las cosas pasen más rápido, y tenemos muy poca paciencia. El rock progresivo ya no está de moda.

Por supuesto, estos son términos muy generales que no se aplican a todo el mundo. Siguen existiendo grandes obras de fantasía épica cargadas de personajes, genealogías, localizaciones e historias por desentrañar, y los lectores siguen adorándolas. Sin embargo, si comparamos Canción de hielo y fuego con El señor de los anillos, veremos la diferencia que intento resaltar: la obra de George Martin trata sobre qué le pasó a quién y cómo eso influye en el gran esquema global, mientras que Tolkien puede pasar páginas y páginas detallándote la historia de un árbol que no vas a volver a ver en el resto de la obra. En Juego de tronos, los detalles se te quedan porque tendrán importancia más adelante; en La comunidad del anillo, los detalles son anécdotas que sirven para crear una atmósfera, y muchas veces no encajan en la narrativa.

Tolkien escribía para crear un mundo, un universo, con el que se sintiera a gusto, y no necesariamente para publicar. Su estilo tiene sentido si consideramos la época y sus intenciones; si embargo, si tratamos de imitarlo para obtener éxito editorial, nos daremos de bruces contra un muro. La gente ya no tiene paciencia para aprenderse de memoria linajes enteros que no tendrán relevancia en la trama.

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Hay demasiados personajes

Este punto está muy relacionado con el anterior, y se le aplican los mismos matices. Las grandes obras de fantasía épica con un millar de personajes son adoradas por los fans, siempre y cuando esos personajes tengan relevancia, hagan cosas importantes en la trama, y, en definitiva, se les recuerde por algo. Pero en Tolkien es muy típico encontrarse largas listas de personajes que uno pensaría que iban a tener una gran importancia, pero al final solo aparecen un par de veces en el papel antes de desaparecer por completo. Tal es el ejemplo de las Valier Vairë y Estë, diosas que se nos presentan en detalle en el Valaquenta junto a sus poderes y vínculos familiares, para no volver a aparecer nunca más.

Este punto se vuelve aún más complejo debido a la similitud de nombres de ciertos individuos. Por supuesto, este es un recurso muy astuto que entronca con las genealogías escandinavas y con la formación de Tolkien como filólogo, pero a la hora de leer una historia es muy difícil distinguir entre Handir, Haldir, Halmir, Haldar, Haldad y Haldan, sobre todo teniendo en cuenta que todos pertenecen al pueblo de los Haladin. Aunque la explicación detrás de estas etimologías sea perfectamente lógica y razonada, supone un nivel de atención y compromiso por parte del lector excepcional; de lo contrario, se acabarán convirtiendo en un batiburrilo de nombres imposibles de diferenciar los unos de los otros.

Por eso es muy importante que los escritores de fantasía épica creen personajes que tengan alguna clase de relevancia en la trama, o, de lo contrario, que se queden como meros actores de fondo; meter largas listas de nombres de personajes que luego no volverán a aparecer hace que la novela se vuelva densa e inabarcable. Y lo más importante: haz que sus nombres se distingan entre sí, o se volverán irreconocibles en la mente del lector.

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Su cosmos es inimitable

En la historia de la literatura ha habido muy pocos escritores capaces de crear cosmogonías remotamente tan complejas como la de J.R.R. Tolkien. William Blake, Lord Dunsany y H.P. Lovecraft son algunos ejemplos, pero incluso ellos palidecen ante las genealogías y los atlas del maestro de Oxford. Para leer a Tolkien hace falta ir consultando materiales de referencia sobre la marcha, o nos estaremos perdiendo gran parte del encanto.

Esto no es ninguna casualidad: Tolkien era catedrático de la Universidad de Oxford, y se centró en el inglés antiguo y medieval (de aquí surgieron, por ejemplo, sus traducciones de Beowulf y Sir Gawain and the Green Knight) y en la mitología nórdica, especializándose en las grandes sagas escandinavas. Su conocimiento era, por tanto, extensísimo, pero esta no es la única cualidad inimitable: su experiencia vital también le llevó a sitios que la mayoría de nosotros no podemos replicar.

Y es que Tolkien luchó en la Gran Guerra, donde aprendió que las guerras no son conflictos épicos entre el bien y el mal, sino momentos de caos y confusión donde la gente vive y muere en las condiciones más miserables. Él perdió a casi todos sus amigos en esta contienda, con lo que su posición siempre fue notoriamente antibélica.

Como vemos, hicieron falta una serie de hechos muy particulares y un esfuerzo y dedicación encomiables para que Tolkien llegara a tener las ideas que tuvo y las reflejara de la forma en que lo hizo en su literatura. Si nosotros intentáramos imitar lo que él escribió sin poseer sus convicciones y su experiencia, estaríamos destinados a fracasar. Y es que cada persona debe centrarse en sus propios ideales, sus propias vivencias, sus propias creencias para escribir o realizar cualquier forma de arte, en lugar de imitar a los demás. Solo así saldrá algo genuino y digno de leer.

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Sigue tu propio camino

Al final, intentar imitar a cualquier autor famoso siempre nos llevará al fracaso. Cada uno de nosotros podemos crear y expresar cosas que nadie más puede; si limitamos nuestros esfuerzos a repetir lo que han hecho otros, no solo estaremos destinados a fracasar, sino que nos estaremos traicionando a nosotros mismos.

Debido a la fascinación (muy merecida) que ha generado Tolkien en generaciones de lectores, lo tenemos como a un coloso de la fantasía épica y un modelo de referencia. Sin embargo, no debemos dejar que esa admiración, completamente justificada, nos lleve a vivir siempre en su sombra. Quién sabe si alguno de los lectores de esta entrada llegará a ser aún más grande y a crear un cosmos todavía más complejo que el del maestro británico; pero esa posibilidad nunca se cumplirá si nos limitamos a escribir lo mismo que hizo él en su momento.

Si tuviera que acabar esta entrada con un consejo, sería el siguiente: escribid aquello que tan solo vosotros podéis escribir.

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