¿Algún médico en la sala?

Apenas han agitado lo suficiente el árbol de la actualidad cultural como para valerle unas horas de polémica las recientes declaraciones del director de cine Albert Serra acerca de la deriva del sector audiovisual y de algunos nombres propios dentro del mismo. Las palabras de la discordia, pronunciadas en una entrevista en la emisora catalana Rac1 han sido las siguientes: “Una persona adulta a la que le guste [Star Wars e Indiana Jones] debería ir al médico. Es elemental”.

No he tenido el gusto de ver ninguna película del señor Serra, aunque me tengo que reconocer seguidor y consumidor habitual y gustoso de las franquicias que, según él, me hacen digno de diagnóstico y eventual medicación. Y, si bien no pretendo hacer de estas líneas una confrontación frontal con un director cuya obra francamente desconozco y que por tanto no puedo utilizar para ello (vivimos la época del vapuleo en redes, y éste ya ha ocurrido), sí le necesito como punto de partida para lo que sigue. Y me parece muy interesante, desde cierto punto de vista, retomar unas declaraciones del propio Serra de hace unos meses: “Jamás en mi vida he visto ninguna película de ‘La guerra de las galaxias’, ni siquiera un minuto y medio de esas imágenes que salen por la tele con espadas y gente voladora. No me interesa ni puedo respetar a nadie que le interese […]. Así que no sé nada, ni de qué va, ni qué galaxia es. Me imagino que será una historia de aventuras entre el bien y el mal. ‘Juego de tronos’ debe de ser algún tipo de derivación”.

La dejo para la reflexión personal de usted, lector o lectora.

Trayendo toda esta polémica a nuestro terreno, que es el literario, Star Wars, mal que pueda pesar, también es literatura, en alguna de sus vertientes (animo al que lo desconozca a repasar la lista de títulos que puede encontrarse en casi cualquier librería), así que su presencia en este, nuestro rincón, está en parte justificada, y nos viene muy bien para abordar brevemente el asunto del prejuicio cultural en toda su extensión, del que las declaraciones de Serra han sido únicamente un pináculo de una realidad que reina, gobierna e imparte justicia en charlas, tertulias, coloquios, simposios y pensamientos privados de todo el respetable; también del mío, y del suyo que me lee, porque creo que es inevitable no caer en un cierto ánimo prejuicioso respecto de cualquier género, obra o autor del que no tengamos la mejor opinión. En serio, me ocurre a diario. Y aunque no me puedo reconocer en las categóricas cuchilladas verbales de Albert Serra, ni deseo llenar salas de espera de hospitales y ambulatorios con meros consumidores de cultura, más o menos elevada, sí he mirado con cierta frecuencia por encima del hombro (se entiende que metafóricamente) a ciertos elementos que no citaré aquí para no hacer públicos a los enemigos. No me parece el mejor comportamiento, y tampoco me parece algo digno de hacer valer. He confiado en que los años lo suavicen y, hasta hoy, está funcionando.

La cultura, en la inmensa mayoría de sus manifestaciones, es un privilegio que tenemos como especie. Star Wars ciertamente no es Rashōmon, ni la enésima novelita clónica de El código Da Vinci optó jamás con seriedad a superar a Macbeth, pero me parece que ni sus creadores ni sus seguidores lo han pretendido nunca, y más bien han querido disfrutarlo mucho. De hecho, lo disfrutan, y sólo esto ya debería resultarnos estupendo y digno de celebrarse. Me parece de un esnobismo preocupante la reducción a ese lector, espectador o, en general, consumidor a la categoría de enfermo, sea en un sentido más o menos figurado, como el que necesita una cura urgente porque sus caminos son desviados, pervertidos, peligrosos pero merecedores más de condescendencia que de severidad. La cultura no sólo es un privilegio por su variedad, lo es por la libertad de la que hoy se dispone para acceder a ella, libertad que no siempre ha existido y por la que merece la pena pelear.

Estas declaraciones que han abierto esta breve reflexión no son, afortunadamente, el sentir general, o al menos es la idea que tengo de este mundo que vivimos; más aún, los objetos de este ataque (que no ha sido el único, y en esto va bien conocer a Alan Moore) son titanes mediáticos que van a seguir existiendo, y muy lucrativamente, durante muchos más años, como lo han hecho en las últimas décadas. La personalización, como dije antes, me parece innecesaria, pero no la llamada de atención sobre el hecho elemental de que, al final, cada cual vea o lea lo que quiera, sin el cargo de conciencia de no estar viviendo entre los cánones de la real belleza. Imagino posible y de hecho ocurre alternar a Jean-Luc Godard con la respiración asistida de Darth Vader en la ciudad entre las nubes de Bespin, y que algún capricho culpable escrito por la presentadora de televisión de turno pueda preceder a una lectura sosegada de Sartre.

Si es que queda alguien que pueda leer a Sartre. Pero de eso hablaremos otro día.

2 comentarios

  1. Personalmente creo que este señor, al que tampoco conozco de nada ni sé nada de su trabajo, lo que pretende con estas declaraciones es justamente eso…darse a conocer. Que todos corramos a google y pongamos su nombre. Es la publicidad fácil. “Que hablen de mi aún que sea mal”.
    No soy gran fan de Star Wars, Por no decir que durante años he intentado acabar algunas de sus películas y creo que aún no lo he conseguido, o al menos que yo recuerde.Pero reconozco el enorme trabajo que hay detrás de ese universo, de los personajes y todo lo que se esta haciendo ahora, que sí me gusta, me estoy volviendo un fan del mandaloriano. Pero lo que jamás haré es faltarle el respeto ni a los que lo hacen posible ni a los fans de ningún tipo de género. Ahí el desconocido Serra se ha pasado tres pueblos. Tan solo buscando una notoriedad que parece no conseguir con su trabajo.

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    • No creo que Albert Serra necesite este tipo de publicidades, porque es un director que tiene su prensa y su público, y está muy confortable en él. Pero sí me parece, por esta y anteriores declaraciones como las que he señalado, que sí tiene una necesidad permanente de marcar distancias con lo que en su criterio es inferior, y ha de hacer valer como sea su pureza.

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