El libro dentro del libro

Es posible que, a veces, un único libro no baste. La literatura, como mala droga, crea consumidores dependientes y entregados a la causa. Lectores empedernidos necesitan un abanico de lecturas deseables para varios momentos del día: tiene usted su libro de antes de dormir, su libro de ir a trabajar en el transporte público, incluso su libro de entretenerse en los momentos de soledad e intimidad del retrete (disculparán la escatología). Para muchos y muchas la pregunta “¿qué libro estás leyendo?” es banal, incompleta, casi absurda. Son necesarios libros, en plural, todos al mismo tiempo y todos valiosos, a su manera. Cada cual ocupando su lugar.

Hay obras, y aquí viene el hilo después de esta poco inspirada introducción, que pudiera parecer que tienen una cierta vocación de servicio público; le ofrecen varios libros en uno solo, agrupando varias lecturas a la vez. Esta fantasía, no obstante, tiene cierta trampa, y lamento ser yo el que la descubra tan pronto: normalmente, uno de estos dos libros está subordinado al interés general, cual expropiación forzosa, y a la fluidez de la narrativa y el argumento. Uno de estos libros, con frecuencia, es parte de la historia, y además una parte bastante crítica.

El hombre en el castillo es una novela extraña, a la altura de su creador, e incluso pese a él. Philip K. Dick presenta un siglo XX alternativo en el que las potencias del Eje, especialmente Alemania y Japón, ganaron con contundencia y autoridad la Segunda Guerra Mundial, repartiéndose el mundo en una Guerra Fría mucho más descarada, como corresponde sin duda a sus protagonistas. Y digo que es extraña porque en su mayor parte no parece querer obedecer a muchos de los clichés que se le podrían atribuir a una novela de estas características: no hay una resistencia organizada y clandestina contra el invasor fascista, no se añora la libertad ni se está dispuesto a morir por ella como un valor supremo. Al contrario, muchos de los personajes parecen haber asumido ya que ese es el mundo en el que viven, igual que nosotros no cuestionamos realmente cuál es el que nos ha tocado vivir. En unos Estados Unidos ocupados a medias entre alemanes y japoneses, y con el terror nazi jugando a la eugenesia en medio planeta, y más allá, Phil Dick prefiere hacerse preguntas sobre el sentido de la vida, la realidad y la identidad. Y aquí es donde llega la parte interesante, y aquí es donde también le he de advertir, lector o lectora, que si quiere usted disfrutar de esta obra culmen de la llamada ucronía podría ir dejando de leer e ir a buscarse un ejemplar inmediatamente.

El título de esta novela hace velada – y algo exagerada, como suele ser habitual – referencia a un escritor, Hawthorne Abdensen, que en estos años sesenta tan poco deseables ha escrito un libro, La langosta se ha posado. La particularidad de este best-seller es doble: por un lado, los nazis no quieren que exista y lo tienen estrictamente prohibido en todos sus territorios ocupados. Por otro, describe de una forma muy gráfica la derrota de las potencias fascistas e imperialistas en la Segunda Guerra Mundial. Pero no la que nosotros conocemos, sino que introduce una tercera realidad alternativa, con un resultado similar y unas consecuencias muy diferentes. Pasajes de esta novela o resúmenes de la misma son descritos habitualmente dentro de la “novela principal”. Dos por el precio de una, con el añadido de que una de ellas, además, quiere decir la verdad. Y hasta aquí debería yo hablar, y quizá usted leer, si no conoce el final de esta fascinante historia en la que se mezclan universos y realidades que parecen querer decirle algo a usted desesperadamente, como si quisieran que despertara de un letargo.

El nombre de Philip K. Dick evoca, sin duda, una cierta extravagancia y una total falta de ortodoxia en el ejercicio de la profesión. Llegado un punto de la historia, el ficticio – ¿o alegórico? – novelista Hawthorne Abdensen tiene que reconocer, no sin ciertas reticencias previas, que la ficción es suya sólo en cierto modo, y que casi todo el mérito es del I Ching, un oráculo chino que los personajes consultan con frecuencia para tomar decisiones importantes en su vida diaria. El uso de métodos de adivinación asiáticos no es un tropo clásico en la ciencia-ficción, pero en todo caso va más allá. Y es que es interesante, al margen del valor narrativo del invento, que el mismo Dick reconociera que usó el I Ching para escribir El hombre en el castillo, y que multitud de decisiones importantes de la novela se decidieron así; quizá, también, la naturaleza real de La langosta, y la razón de ser de este libro dentro del libro.

Vaya.

Al margen de la delicada situación mental y emocional de Dick, la idea de un método de adivinación chino escribiendo una novela sobre un universo paralelo dentro de otra novela que también describe una realidad alternativa me parece a la altura de las mejores explosiones intelectuales que se puedan imaginar, y eso considerando que, para mí, está un poco por encima de la media de las ocurrencias y genialidades del querido Phil. Son los pequeños placeres que a veces da encontrar al libro dentro del libro, del que este es sólo un ejemplo. Sólo uno entre otros tantos, es cierto, pero este, particularmente, sólo va a decirle la verdad.

Nada mal, para una lectura de propina.

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