Hacer y deshacer: breves notas sobre el retcon

Retcon es un acrónimo de una palabra inglesa que, no obstante y por una vez, también nos sirve en castellano. La “retrocontinuidad” (el palabro es atractivo, hay que reconocerlo) consiste en alterar hechos ya establecidos en una obra de ficción para que encajen con el nuevo relato que se está haciendo; un oportuno ajuste técnico para que el castillo de naipes de la coherencia y la cohesión en la ficción no se venga abajo a medida que esta última se va expandiendo.

El retcon es una práctica bien conocida en el mundo del cómic, en el que décadas de continuidad con el mismo elenco de personajes obliga a ocasionales purgas y reajustes argumentales en orden de no perder el mando del buque. Universos de ficción que trascienden de géneros y medios como es el caso de Star Wars también han recurrido a este recurso a menudo, tanto para detalles absurdamente nimios (¿reconoció Darth Vader en algún momento a C3PO?) como para los de mayor calado. Ya saben, hagamos toda una nueva película para explicar el hecho de que alguien se dejara una ventana abierta en la Estrella de la Muerte.

Nuestros terrenos literarios tampoco están libres de esta práctica. En el que debe ser uno de los casos de retrocontinuidad más célebres de toda la literatura, Conan Doyle resucitó a Sherlock Holmes por su mera gracia y un poco de presión popular, porque aunque en nuestros días carniceros como George R. R. Martin hayan acostumbrado a su público, parece que antaño no estaba tan bien visto el fallecimiento del adorado y entrañable héroe. Incluso Tolkien, al que se tiene por referencia en cuanto a cohesión de continuidad en una historia casi inabarcable, tenía un cierto gusto por la revisión y la reescritura, de modo que tenemos personajes con varios orígenes pugnando por ser “canónicos”, e incluso le pareció también adecuado traer del abismo de la muerte a Glorfindel porque haberlo incluido en La Comunidad del Anillo venía a contradecir ligeramente el hecho de que el hermoso elfo hubiera muerto en glorioso combate varios milenios antes porque, después de todo, parece que le gustó el nombre.

¿Alguien ha pensado ya en J.K. Rowling, por cierto?

Este recurso ha funcionado incluso dentro de la propia historia, y de nuevo hemos de citar a Orwell y 1984: no hay mayor retcon que establecer que siempre hemos estado en guerra con Eurasia, aunque ayer fueran nuestros tradicionales aliados.

No estoy muy seguro de mis convicciones acerca de esta técnica. Por un lado está el debate del dominio del autor o autora sobre su propia obra y su capacidad para alterarla si lo cree conveniente. Volviendo a un terreno estrictamente cinematográfico, George Lucas pasó años modificando sus anteriores entregas de Star Wars para que se ajustaran a lo que él consideraba más coherente con su contenido posterior, y fueron en su mayoría decisiones muy criticadas por sus seguidores, entre los que me incluyo. A la misma Rowling se le han hecho frecuentes objeciones sobre sus constantes (y, según parece y sin ser yo un gran conocedor de su obra, innecesarios) añadidos y aclaraciones. Existe un genuino deseo de mantener una narrativa saneada y coherente, e imagino que también de meter los errores y descuidos bajo la alfombra, pero no se puede reprochar al lector o espectador que reproche estas prácticas.

Este es el otro extremo del retcon, el del consumidor que llega a considerar que estos cambios, adiciones o supresiones trastocan la obra original que ama, que la alteran más de lo deseable o que simplemente son innecesarios. Personalmente me podría considerar en un punto intermedio. La “pureza” de la obra es un ideal quizá demasiado elevado. Existen remakes, reboots y toda clase de reimaginaciones que cuestionan dicha pureza, pero al mismo tiempo el material original se mantiene ahí y no va a ser sustituido. Ciertamente el retcon se puede considerar una especie de “trampa” de la narración, un maquillaje que tape las vergüenzas de un error o una forma más perezosa de contar historias, o de acercarlas a una determinada posición personal o ideológica, pero en todo caso ha existido desde que el mundo es mundo, y desde que el mundo es contado, aunque el acrónimo le dé una cierta sofisticación contemporánea. Así que, a la espera de lo inevitable, disfruten de sus obras favoritas, mañana podrían incluir algún sutil matiz que las cambie para siempre.

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