Lauranthalasa

Mi relación con Dragonlance es, más que difícil, incompleta, y hay pocos visos de que esto vaya a cambiar en un futuro cercano. No es que exista ningún problema con el material en sí y, de hecho, disfruté mucho las Crónicas de la Dragonlance, una trilogía especialmente divertida, bastante bien escrita y muy fresca – como se suele decir -, pero nunca fue más allá. Mi incursión en las Leyendas, secuela directa, naufragó pronto, pero de nuevo tengo que excusar al texto y a Weis y Hickman, que prácticamente no tienen culpa de nada.

Entonces, ¿de verdad voy a hablar ahora de Dragonlance? Puedo, y lo haré, al menos de la pequeña parcela de este vasto mundo que conozco y que, como dije, he llegado a disfrutar. Crónicas de la Dragonlance tiene un factor muy determinante a la hora de entretener, y es que es una historia, esencialmente, de personajes. Quizá influya en esto su origen como una partida de Dragones y mazmorras que fue más lejos de lo normal, pero lo cierto es que, pasados años desde mi última lectura, no recuerdo tan bien los acontecimientos como los personajes que los protagonizaban, y entre todos ellos recuerdo especialmente a Lauranthalasa, a la que imagino que por motivos de economía del lenguaje también se conoce como Laurana.

Es difícil que el personaje de Laurana empiece cayendo bien, opino, y no conozco muchos casos en los que haya sido así. Una “niña rica”, encaprichada con un hombre (o medio hombre…) que en un principio no la corresponde, y que se embarca en una aventura que le va realmente grande precisamente por ese capricho, sin más motivación y a modo casi de pataleta. No podría ser más deliberado por parte de los autores, porque cimenta un desarrollo posterior realmente magnífico, que yo al menos no me esperaba y que tengo que reconocer que disfruté muchísimo. En un año esencialmente menos progresista que el actual en lo que a figuras femeninas se refiere como era 1984, Laurana acabó convirtiéndose en el “Áureo General” de Solamnia por aclamación popular, una feroz guerrera y una estratega audaz que trajo de cabeza a sus enemigos. Sin hacer de menos a Tracy Hickman en esta cuestión, supongo que es de justicia atribuir este y otros aciertos por la igualdad y la sensibilidad femenina en el mundo de las aventuras, los hechiceros y los dragones a Margaret Weis, por la parte que le tocaba.

Las Crónicas de la Dragonlance están plagadas de esta suerte de normalidad en un mundo de fantasía; en un momento dado, por ejemplo, el personaje de Tika, joven, vital y dicharachera, se convierte en el centro de un dilema respecto al miedo a las primeras relaciones sexuales, un miedo muy comprensible debido no sólo a su edad, sino al portento físico que es Caramon. No es tan habitual como puede parecer, ni lo ha sido hasta hace relativamente poco. Laurana, entre otras, viene a cumplir también su parte en esa normalización de los géneros en lo que a la espada y a la hechicería se refiere. Hizo algo que hoy puede parecer muy corriente, pero lo hizo hace treinta y cinco años. Y aunque son inevitables ciertos tropos (después de todo, La reina de la oscuridad termina precisamente con su rescate a manos de su amado Tanis), el fondo no se resiente en absoluto, a mi parecer, dadas las circunstancias. Cuando, con la destrucción de la ciudad de la terrible diosa Takhisis de fondo, Laurana acaricia la barba de Tanis y acepta al fin lo que él es, el capricho ha dado paso a un amor maduro, casi tanto como la elfa que lo siente, aunque hayan sido necesarias una peligrosa aventura y gran guerra para ello.

Creo que, en cuestiones de crecimiento personal, son unas circunstancias bastante respetables.

2 comentarios

  1. Muy buen artículo. Yo soy muy fan del universo de la Dragonlance. Debo confesar que desde mi adolescencia uno de mis libros favoritos es “La leyenda de Huma” de Richard A. Knaak (Héroes, 1). Sobre todo la versión en español, que creo que es superior a la versión en inglés.

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