Gollum y el derecho a la falta de épica

El Señor de los Anillos es, sin ninguna duda, una de mis obras favoritas, y ha sido así durante la mayor parte de mi vida. He dedicado muchos años a leerla, releerla, comprenderla y ampliarla con el abundante trabajo posterior de este genio sin igual que fue J.R.R. Tolkien. Todas las alabanzas que podría dedicarle no cabrían en este artículo, y todo lo que me gusta de este legendarium tampoco, pero entre todo ello he de destacar esta vez un aspecto que durante mucho tiempo me fascinó: Frodo Bolsón no concluye completamente su misión. Gollum, celebrando el éxito con absoluta torpeza, resbala con el poderoso Anillo Único hasta caer en la lava volcánica de las Grietas del Destino. Sauron, el villano que da nombre a la novela, es destruido por un oportuno traspié; lo que nunca podrían haber conseguido los grandes héroes y ejércitos ocurre por el nimio detalle de un resbalón.

O, al menos, eso creía yo.

Durante mucho tiempo este detalle me pareció, sinceramente, encantador. Incluso mi yo adolescente no se sintió en absoluto decepcionado por un posible final anticlimático para la sortija más ambicionada de la literatura. Al contrario, lo vi como un giro tan cruel y tan inesperado que necesité unos minutos para asumir que el Gran Anillo se había fundido en la lava por un instante de éxtasis por parte de Gollum.

No obstante, parece que no era tan claro como quedó escrito en la novela. Me explico. Usted lee ahora mismo esas páginas y es imposible que entienda o infiera que ocurrió algo más que un ejercicio de oportunísima torpeza por el malogrado Sméagol. Caso cerrado, y un final, en realidad, que debería engrandecer a la obra.

Pero en su Carta 192 (sí, Tolkien era un gran fan de la epístola) el propio autor deslizó la idea de que el resbalón de Gollum no fue en absoluto casual, sino que fue provocado por Eru Ilúvatar, la deidad suprema y omnipotente del mundo de Tolkien (que, como curiosidad, a la postre resulta ser el nuestro). Frodo, efectivamente, no consigue resistir la tentación del Anillo, pero un poder mucho mayor decide que ya ha sido bastante para él, y acaba con muchísima sutileza el trabajo en su lugar, recompensando su sacrificio y su nobleza, así como la de los Pueblos Libres que se han unido contra Sauron, arrojando a un pobre diablo al fuego supremo.

Salvo esta última parte, se reconoce mucho el carácter marcadamente católico de Tolkien en cuanto entra en juego la dinámica esfuerzo-recompensa a través de fuerzas divinas. No obstante, tengo que reconocer que esta aclaración posterior (que, insisto, no es nada evidente en una primera lectura de la novela) me dejó un cierto sabor agridulce. Que Gollum resbale no es un simple chascarrillo casual, un final tonto para una historia titánica. Para mí representaba el valor de la causalidad más pequeña en mitad de los grandes eventos y las decisiones tomadas por las grandes personalidades: mientras el mundo ruge y contiene la respiración en la batalla final, ésta se resuelve porque un ser muy pequeño resbala, tropieza y cae. La historia más épica de la literatura fantástica se resuelve, curiosamente, con una total falta de épica.

Pero, además, hay un trasfondo de piedad en esta caída, una piedad que puede que yo valore de un modo menos divino que Tolkien. Si Bilbo, Frodo, Sam, Aragorn, los elfos… hubieran matado a Gollum cuando tuvieron la oportunidad (y se repite algunas veces a lo largo de la historia que no merecía otra cosa), él no habría estado allí para caer y evitar que el Anillo cayera en las zarpas de Sauron. Los protagonistas no pueden decir “hemos tenido suerte” y, de hecho, no lo dicen, porque Gollum estaba allí a través de sus decisiones, su bondad y su compasión. Todo ha ocurrido por algo.

La inclusión del Dios tolkeniano (que, como curiosidad, a la postre resulta ser el cristiano) en esta ecuación no hace de menos los elementos que señalé antes, pero sí mantiene el nivel general de la épica y rebaja un poco ese factor mundano que me entusiasmaba; Gollum ya no resbala, le empujan. Hemos debatido en otras ocasiones sobre el control de un autor sobre su obra una vez esta es de dominio público, debate cada año más vivo, y no pretendo estar por encima del Profesor sobre este pináculo de la narrativa fantástica. Tampoco ignorar sus deseos, pues si hay un autor que profundizó en su propia obra ese fue el mismo Tolkien, y sus palabras tienen que ser indudablemente respetadas

No obstante, no puedo dejar de pensar en lo bonita que fue, durante años, esa falta de épica, esa eucatástrofe maravillosa por la que el Gran Señor Oscuro, en su Trono Oscuro, en la Tierra de Mordor, desapareció junto con todo su inconmensurable poder, como un impotente jirón de nubes disipado por el viento, porque una criatura minúscula y desagradable, celebrando un triunfo irracional, resbaló. Siento, en todo caso, la necesidad de reivindicar, de vez en cuando y aunque pueda ser nada a contracorriente, mi derecho a que falte épica en las grandes gestas de los grandes héroes.

3 comentarios

  1. ¡Qué interesante disertación! Pienso que si Smeagol resbala o es empujado por las fuerzas del bien (dios supremo) no cambia en nada el desenlace. Simplemente prueba que todos, hasta el más pequeño e insignificante ser, tenemos un papel importante y un rol que cumplir en el plan supremo. Creo que sigie siendo un punto de vista profundamente Católico, donde el Bien triunfa sobre el Mal.

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    • ¡Gracias! Efectivamente el desenlace no tarda, pero, ¿no crees que el hecho de que la deidad suprema intervenga sí merma un poco el mensaje de que hasta el más pequeño puede ser determinante? Claro, el “plan trazado” está ahí, es muy católico y Tolkien tira bastante de este recurso, pero me parecía tan bonito que, por un momento, todo eso se rompiera con un resbalón…

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