Mininos de terror cósmico

Hablando de obviedades, H.P. Lovecraft adoraba a los gatos con cada gota de su ser. Como no podía ser de otra manera, y en un inevitable ejemplo de “contaminación creativa”, este amor está convenientemente repartido por toda su obra; a modo de ejemplo, hay incluso gatos de Saturno… en nuestras Tierras del Sueño, por supuesto. Pregunten a Randolph Carter, pregunten.

Los gatos de Ulthar es un relato especialmente breve y alejado de lo que ha hecho célebre a su autor; bebe, según los entendidos en el tema, de la literatura y maneras de Lord Dunsany, una de las primeras influencias de Lovecraft. Y salta a la vista; si ustedes pretenden encontrar aquí criaturas tentaculares y colores surgidos del espacio, mejor pasen de largo. Los monstruos en esta historia no son horrores extradimensionales y supragalácticos que vacían los ojos de quienes los contemplan, sino que toman este lugar un anciano campesino y su esposa, descritos como seres de una crueldad superlativa, abominables, odiosos, todo un ejercicio propagandístico se despliega para dejarnos claro que son lo peor de lo peor. Y podemos decir que, al contrario que en el grueso de la obra del autor de Providence, dichos monstruos en esta ocasión encuentran un castigo bastante poético.

No es una narración neutral, y si tal cosa existe esta está lo más alejada posible de ella. Los gatos se toman una revancha brutal – insinuada, aunque brutal – pero en ningún momento se cuestiona su justicia ni su procedencia; los humanos, a medio camino entre la comprensión y el temor, captan el mensaje y dictan una ley reparadora que queda grabada en piedra y que cierra la historia como broche perfecto para su autor.

En los últimos años la figura de Lovecraft ha sido y está siendo objeto de varias controversias y revisiones, algunas – según el subjetivo criterio de este que les escribe – más fundamentadas y con mayor calado que otras. Me parece inevitable en este tipo de figuras, y por el momento no se van a tratar ni a mencionar aquí. Pero es indudable que el genio de Providence no era un hombre excesivamente dado a la vida en sociedad y al contacto cercano con sus semejantes; su obra está repleta de una cierta misantropía, de una fría indiferencia por la condición y la razón humanas, que se vuelven inútiles contra la verdadera naturaleza del Universo.

Detrás de toda esta frialdad ante los semejantes permanece este amor incondicional por el felis catus, y la verdad es que, por circunstancias que se harán evidentes, me resulta en cierto modo enternecedor, y he querido tirar por esta veta de un hombre poco dado a los afectos. Ayer yo perdí a un minino, uno muy querido y especial, y nada me gustaría más que su versión del sueño acabara en Ulthar, donde se dice ningún hombre puede matar a un gato.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s