Bradbury y los leones

Por pura curiosidad antes de comenzar a juntar estas letras me interesé por el género en el que se catalogaba a El hombre ilustrado, de Ray Bradbury, y como no podía ser de otro modo prevaleció, como suele ocurrir en uno de los referentes de la misma, la ciencia-ficción. Nadie miente, sólo faltaría, y es información objetivamente veraz, aunque se me ha antojado también – perdón por la osadía – ligeramente incompleta. Por algún lugar, y por algún motivo, se ha quedado colgado el terror. Y uno bastante primario y elemental, pese a que tratamos con “el género láser”.

La pradera es una historia breve; brevísima, como suele gustarme con frecuencia la narrativa. También es la historia que abre este libro, y me parece especialmente ilustrativa de la ausencia que he mencionado antes; no es la única que coquetea con dar miedo, aunque desde luego me parece la mejor. La pradera, es cierto, juega en el terreno de la ciencia-ficción y no lo oculta. Como sucinto resumen de una sucinta historia, una casa tecnológicamente avanzadísima y una habitación de realidad virtual hacen las delicias de una pareja de hermanos que están dispuestos a todo para no ser desconectados de ella. Sus inseguros padres tienen otros planes, y la sabana africana tiene alguna cosa que decir al respecto.

Hay varias lecturas evidentes en este relato. La tecnología impone una nueva autoridad diferente y más poderosa que las convenciones sociales, como pueden ser la familia y las figuras paterna y materna (absolutamente degradadas en esta historia); la dependencia que crea aquella;  los límites hasta los que puede llegar, y el aviso de qué puede ocurrir cuando los traspasamos. Hoy no son temas especialmente novedosos, pero estamos hablando de una historia de 1950: en pleno despertar nuclear, Ray Bradbury se descuelga con una sabana virtual. Y bajo todas estas capas, al menos para mí, lector al uso sin nada en particular, subyace una capa base de horror inquietante. Puede ser por los niños, que espolean con crudeza y un pragmatismo bastante impropio todo lo que acaba sucediendo, y también por esa sana costumbre, cada vez venida a menos, de sugerir y no enseñar.

Pero en La Pradera el terror está ahí, en la distancia de un holograma, siendo devorado por leones que no deberían poder comer y, sin embargo, están comiendo.

Qué comen es algo que hay que imaginar, y para imaginar hay que leer. Hoy, haciéndose cien años del nacimiento del autor, puede ser una oportunidad inmejorable. La pradera. Disfruten África en el salón.

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