De coronavirus y pestes

He de reconocer con humilde sinceridad que me he acordado con cierta frecuencia de Albert Camus en los últimos meses; me consta que no he sido el único, ni el primero, ni probablemente tampoco sea el último, habida cuenta de que este camino que vamos andando, mascarilla en ristre, va para largo. Están las redes y las publicaciones que las pueblan llenas de guiños al Nobel francés, de paralelismos y símiles con estos tiempos que nos han tocado vivir aguantando la respiración, y frente a las que poco más y poco nuevo se puede añadir.

Nada reprochable, hasta aquí, pues la referencia es prácticamente obligatoria, diríase que inevitable, pide ser usada y, de hecho, ustedes lectores la encuentran también aquí. Si enarbolamos todos y todas una bandera de cierto oportunismo es algo que dejo al criterio del lector, pero en todo caso sí considero que siempre hay algo que decir, especialmente cuando el mundo se tambalea. Y es que entiendo – o espero… – que no vivimos en la dramática Orán de La peste, aunque por ciertos momentos lo he podido creer, y casi ver. La abnegación y entrega médica (sanitaria, en general), el espíritu de sacrificio de una población sumida en la incertidumbre, la abierta – e irresponsable – rebeldía de una parte de esa población, una inevitable búsqueda de las ascuas de la esperanza, el idealismo contra el pragmatismo cuando todo se viene abajo, sufrimiento, duda y deseo… Pasan las décadas, somos la misma especie. Y algunos visionarios, como suele ocurrir, lo vieron mejor y antes.

Estamos en el mejor y en el peor de los mundos, si es que las páginas del pasado pueden reproducirse con tanta similitud en los días que vivimos quienes las leímos y leemos tantas décadas después. He reflexionado también a menudo sobre las páginas que se leerán también en otras décadas que nos habrán de seguir, y en qué manera marcarán estos tiempos de distancia, claustro y embozo a quienes las van a escribir. He de preguntarme en qué medida influirán todos estos elementos en nosotros y nosotras, que juntamos letras con mejor o peor fortuna, y si surgirán patrones, estilos y oportunidades. Miles de mentes creativas han vivido en un escenario que no esperaban, y es sabido que no hay calamidad que no despierte inspiraciones. De lo peor, afortunadamente, siempre sale lo creativo, lo inspirado y lo genial. El mundo se detiene, pero no las ideas. Lo mejor que tenemos es siempre lo mejor que podemos decir.

De Camus recuerdo en La peste una cierta ventana a la esperanza, un sentimiento muy reconfortante de que, aunque todo se venga abajo, las personas aún pueden ser capaces de lo mejor y no sólo de lo correcto; también de lo peor, pero eventualmente prevalece el silencio tranquilo de lo primero. Hay dolor, soledad y muerte, mucho de todo y a veces hasta insoportable, pero aún así se continúa adelante, algunos por idealismo, otros en su búsqueda de la santidad y la pureza del sacrificio, y otros por la resignación más cruda del deber que no se abandona, aunque se pueda abandonar; se continúa adelante, como hay que continuar leyendo este libro irrepetible hasta que llega la última palabra y, quizá, la primera gran reflexión. De todas ellas, las que todos y todas podamos hacer, aún queda mucho que crear.

Se ha recomendado La peste hasta la saciedad en los últimos meses. No por obvia deja de ser menos cierta. El camino va a ser largo, y puede ser mejor hacerlo leído.

2 comentarios

  1. Yo he leído la novela por primera vez por el mes de abril, cuando todo parecía lo peor, y la verdad es que asustaba bastante lo similar del as situaciones que leí y veía en la vida real. Gran novela.

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