El dichoso worldbuilding

Worldbuilding

A los escritores de fantasía nos encanta el worldbuilding. Crear nuestros propios mundos, nuestro propio sistema mágico, nuestras razas y mitologías… El potencial es casi ilimitado. Y es por eso mismo que debemos saber dónde está el límite.

Seguro que sabéis a lo que me refiero. Todos hemos empezado a leer alguna novela que hemos tenido que abandonar por tener demasiado worldbuilding. Quizá la historia nos abruma con una cascada de nombres imposibles de recordar o conectar entre sí. Quizá el escritor haya querido ponerle un nombre especial a cada pequeña cosa hasta el punto de que parece que estemos leyendo en otro idioma. O quizá los nombres de los protagonistas son imposibles de recordar.

¿Te suena esta situación? Sigue leyendo…

Antes que nada, hay que decir que el worldbuilding de por sí no es malo. Todo lo contrario; la mayoría de las veces se trata de la savia que da vida a su obra. Autores como J.R.R. Tolkien, Ursula Le Guin, J.K. Rowling o Patrick Rothfuss han construido mundos con un nivel de detalle y complejidad que nos atraen como un imán.

Entonces, ¿qué tiene de malo?

Más que ser un problema en sí mismo, es un originador de desastres si se aplica mal. Estas son algunas de las situaciones que deberíamos evitar al crear fantasía:

Dedicar párrafos y párrafos y párrafos a describir el mundo de la novela sin avanzar la acción. Las descripciones de eventos y lugares están bien siempre que acompañen a la trama, en lugar de detenerla. Puede que del Jardín Mágico de Usgaroth broten un sinfín de leyendas de un tiempo otrora áureo pero ahora perdido en las nieblas del olvido; pero, por el amor de dios, ese jardín sigue siendo un escenario en el que debería estar pasando algo. La cosa empeora cuando cada árbol y cada roca tiene su historia detrás…

Si  dedicas tres páginas enteras a contar la historia de una espada, haz que alguien haga algo importante con ella. Y lo mismo se puede decir de cualquier otro artefacto mágico o legendario. Está muy bien que  tu universo esté tan meticulosamente planeado que incluso ese piano en la esquina tenga una trágica historia que contar, pero si dedicas el valioso tiempo del lector a describir artilugios que luego no tendrán relevancia en la historia, estarás traicionando su confianza y una de las principales leyes de construcción de ficción, la de la pistola de Chekhov.

En algunos libros, como en El nombre del viento, te encontrarás nombres inventados para designar conceptos abstractos tales como el alar, la simpatía o la letanía. Si creas un nuevo sistema de lucha, creencias, magia, etc., es más que comprensible que le pongas un nombre para que la gente se vaya acostumbrando a verlo. Pero si llega el punto en que Thöthôthóth magentea birboptuosamente la hipnolodía de Ämaràntûla, quizá sea hora de detenerse a pensar si toda esa terminología nueva es realmente imprescindible.

En definitiva: crear un mundo nuevo es lo que hace que la fantasía sea un género tan amado por lectores y escritores. Sin embargo, si nos olvidamos de los conceptos universales del mundo real, corremos el riesgo de crear una obra demasiado densa para los lectores y que, en definitiva, no les convenza.

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